En una sala cerrada, sin ventanas y sin tiempo, dos voluntades se enfrentan. Una persona pregunta. Otra responde. O calla. Y en ese intercambio áspero, casi asfixiante, se despliega un combate invisible donde cada palabra es un arma y cada silencio, una declaración.
El interrogatorio nos sumerge en la tensión extrema entre quien ejerce el poder y quien lo padece. No hay escapatoria posible: la luz es implacable, las preguntas se repiten, la presión crece. Pero a medida que avanza el diálogo, lo que parecía un simple procedimiento policial se transforma en una inquietante reflexión sobre la verdad, la culpa, la dignidad y los límites de la resistencia humana.
Luis Alemany construye una pieza intensa y vibrante, donde el ritmo, la palabra y el pulso psicológico sostienen una atmósfera que mantiene al espectador al borde de la butaca. ¿Quién domina realmente la situación? ¿Qué significa confesar? ¿Dónde termina la justicia y comienza el abuso? ¿y si toda esta maquinaria eficaz demuestra que solo es un avatar del absurdo de cualquier existencia?
Una obra breve y contundente que invita a mirar de frente la fragilidad de nuestras certezas.
Asistir a El interrogatorio no es solo presenciar una historia: es participar de un duelo emocional que interpela, incómoda y deja huella mucho después de que caiga el telón.